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El FENÓMENO COFRADIERO EN EL PASADO Y EN EL PRESENTE: UNA SÍNTESIS PARA NO INICIADOS

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La Edad Moderna está considerada como la edad de oro del mundo religioso español, pues no había ningún aspecto de la vida cotidiana que no estuviese impregnado de un sentimiento religioso. Ese pietismo de la sociedad se plasmó materialmente en las inmensas donaciones legadas a las instituciones religiosas que en el siglo XVI llegaron a monopolizar la mitad de las rentas no solo nacionales sino también del Imperio.

Actualmente cuesta imaginar lo que debieron ser esas ciudades modernas con calles repletas de cruces, imágenes en las vías públicas, ermitas, oratorios, iglesias y conventos populosos, donde se desarrollaba una gran actividad económica, social y, por supuesto, religiosa. En esa sociedad, inserta en ese espíritu piadoso, las cofradías tuvieron una presencia constante en los lugares públicos, produciéndose una sacralización de la calle. Continuamente se celebraban actos públicos, rosarios nocturnos, cortejos procesionales, festividades, salidas en rogativa, etcétera. A veces con grandes manifestaciones públicas de júbilo, disparando cohetes o tirando salvas de honor. Las cofradías constituyeron, pues, las más genuinas manifestaciones socio-religiosas, culturales y festivas del hombre de la Edad Moderna, alcanzando su punto culminante en el período barroco. La mayor parte de los vecinos de la España Moderna pertenecían al menos a una asociación religiosa, beneficiándose de sus ventajas corporativas toda la familia.

           Se trataba de auténticas manifestaciones populares en tanto en cuanto estuvieron participadas por una gran parte del pueblo y tuvieron en muchos casos un devenir prácticamente independiente de la autoridad civil y de la eclesiástica. Buena parte del fenómeno cofradiero gozó de un amplio margen de autonomía, limitándose el control de la iglesia a la mera inspección de sus finanzas y del adecuado decoro de las imágenes. No obstante, todas ellas estaban sujetas a la supervisión de las autoridades eclesiásticas que controlaban todo lo referente a la moralidad de los fieles y a sus finanzas. Sin embargo, para muchas hermandades esta visita era el único control que sufrían, gozando el resto del año, sus miembros y en especial su mayordomo, de plena libertad. Además, había una gran cantidad de hermandades que nunca regularizaron legalmente sus estatutos y que vivían en una alegalidad que les permitían un margen más amplio de libertad. Por tanto, es posible aplicar a estas manifestaciones religiosas el concepto de religiosidad popular, aunque entendido en sentido extenso, es decir, como manifestación más o menos espontánea de toda una sociedad. En cambio, no se debe interpretar el concepto popular como referido al pueblo, en tanto baja extracción social ya que, lo mismo históricamente que en la actualidad, hubo grupos socialmente poderosos que asumieron, controlaron y fomentaron su desarrollo.

           Podían ser de muy diverso tipo: cofradías, hermandades y congregaciones. Desde el punto de vista de la advocación, coexistían toda una gama de corporaciones de santos protectores, cristíferas, marianas, sacramentales, de ánimas, caritativas, etcétera. En cuanto a las personas que formaban parte de dichos institutos también coexistían corporaciones con muy distintas circunstancias. Lo más usual era que fuesen cofradías abiertas, es decir, que estuviesen compuestas por todo tipo de personas, de distinta condición social, de distintas edades y de ambos sexos. Sin embargo, no eran inusuales las llamadas cofradías cerradas, cuyos límites podían ser muy diversos: gremiales, étnicas o simplemente limitadas en número. Había cofradías exclusivamente eclesiásticas, que funcionaban como una especie de mutua de los sacerdotes, aglutinados, casi siempre en torno a la advocación del apóstol San Pedro. Y en relación al sexo también tenemos cofradías dominantemente masculinas, y algunas congregaciones -casi todas ellas de la Orden Tercera- formadas exclusivamente por mujeres y en las que, por estatutos, no se podía admitir a ningún varón.

           En cuanto al status social de las personas, la mayoría admitían en sus filas a personas de diversa condición económica y social. Los únicos requisitos específicos solían ser dos: primero, el abono de la cuota de entrada y de otra anual y, segundo, la limpieza de sangre y, por tanto, la ausencia de orígenes conversos, hechos estos que normalmente se presuponían. No obstante, la cuota de entrada establecía una clara división social entre grupos más o menos pudientes. Por su parte, las cofradías de la Misericordia solían estar formadas por personas pudientes ya que buena parte de sus recursos eran aportados por los propios hermanos. Los fines de estas corporaciones eran básicamente caritativos y se suponía que la nobleza y los ricos tenían una obligación moral con los grupos sociales menos favorecidos.

           Asimismo, había cofradías gremiales en las que sólo se admitían hermanos pertenecientes al mismo ramo profesional. Cofradía y gremio solían ser la misma cosa, pues, a través de ellas los artesanos mantenían una mutua entre los miembros de su oficio. Estas cofradías gremiales funcionaban, más claramente que ningún otro tipo de asociación religiosa, como verdaderos seguros de vida para el asegurado y su familia. En unos tiempos donde no había seguros de desempleo, ni seguridad social, la única garantía de subsistencia en momentos adversos dependía exclusivamente de las acciones caritativas del propio gremio.

           Existieron, además, numerosas cofradías étnicas de negros, gitanos y moriscos, o multiétnicas que agrupaban a todos ellos. Su existencia se justificaba precisamente por la discriminación que sufrían estas minorías que, con frecuencia, veían vetado su acceso a las corporaciones de blancos y a sus beneficios espirituales y materiales. Como hemos comentado, la inmensa mayoría de las cofradías, en una cláusula casi rutinaria, prohibía el acceso a ella a toda persona negra, mulata, morisca o que desempeñase oficios viles. Es cierto que en teoría no debería haber existido esta discriminación porque los esclavos estaban bautizados y, por tanto, eran cristianos. Y precisamente, dado que no había un fundamento jurídico para su exclusión, se permitió y hasta se favoreció la existencia de estas cofradías étnicas, alguna de las cuales todavía mantienen su nombre, como la de los Negritos de Sevilla

           Las hermandades sacramentales y las de ánimas tenían también bastante aceptación se trataba de hermandades muy ligadas a la vida parroquial y, por tanto, a los párrocos, por lo que de alguna forma estas hermandades se convirtieron en el modelo de corporación dependiente que quería la Iglesia frente a esas otras hermandades independientes y a veces hasta enfrentadas a los poderes institucionales. Estas cofradías sacramentales estaban siempre tuteladas y fomentadas por el presbítero de la parroquia en que se encontrase ubicada.

           Hubo, asimismo, numerosas congregaciones, compuestas en su mayoría por mujeres que se dedicaban a la oración y al rosario público por las calles. En general eran mucho más interioristas, es decir, se dedicaban más a la oración, a la meditación y a los ejercicios espirituales. Sin embargo, hubo algunas que adoptaron el papel penitencial, sacando sus imágenes titulares en Semana Santa de la misma forma que lo hacían las demás cofradías.

          Pero vayamos al meollo de la cuestión: ¿Cuál era la finalidad de estas corporaciones? partimos de la base que el fenómeno cofradiero fue fruto de una sociedad profundamente creyente, aunque en algunas ocasiones éste estuviese impregnado de un aire lúdico y festivo que incitaba poco a la espiritualidad. Sin embargo, dicho esto, tampoco se puede dudar del servicio mundano que los ciudadanos obtenían de dichas corporaciones. El objetivo fundamental de su existencia era la atención a sus mutualistas enfermos, la asistencia a sus funerales y la financiación de sufragios. Por ello, casi todas disponían de bóveda de entierro donde sepultar a sus hermanos. Para ser inhumado en ella se requería normalmente haber sido en vida hermano de la cofradía, o pagar una importante cantidad para inhumarse allí. Así, cuando fallecía un miembro, la cofradía en cuestión acudía a su entierro, portando el féretro los hermanos, y aportando los blandones para el cortejo y el estandarte de la corporación.

           Cuando en 1781 Carlos III expidió una orden por la que se prohibían los enterramientos en las iglesias, las hermandades se vieron forzadas a abandonar paulatinamente este cometido. Especialmente afectadas se vieron las hermandades más pobres ya que no dispusieron de fondos suficientes para adquirir nichos o terrenos en los cementerios públicos. Sea como fuere lo cierto es que, a partir del siglo XIX, las cofradías que sobrevivieron tuvieron que readaptarse a las nuevas circunstancias.


PARA SABER MÁS

 

CALLAHAN, Willian J.: Iglesia, poder y sociedad en España, 1750-1874. Madrid, 1989.

HÖFFNER, Joseph: La ética colonial española en el Siglo de Oro. Cristianismo y dignidad humana. Madrid, 1957.

MARTÍN VELASCO, Juan: Religiosidad popular, religiosidad popularizada y religión oficial. Salamanca, 1978.

MORENO, Isidoro: Cofradías y hermandades andaluzas. Sevilla, 1985.

RUMEU DE ARMAS, Antonio: Historia de la previsión social en España. Cofradías, gremios, hermandades, montepíos. Madrid, 1944.


ESTEBAN MIRA CABALLOS

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UN OBISPO ARMENIO EN LA SEVILLA DEL SIGLO XVII

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        Como es bien sabido, desde que Sevilla se convirtiera, a raíz del Descubrimiento de América en la puerta y el puerto de las Indias, se instalaron en ella nutridas colonias de extranjeros: genoveses, venecianos, flamencos, alemanes y portugueses, entre otros. Pero, como ha afirmado Domínguez Ortiz, también hubo la presencia en Sevilla, más puntual por supuesto, de personas pertenecientes a lugares y naciones más lejanas y exóticas1. Y entre este grupo de personas de países tan distantes destacaron los armenios. También en Cádiz conocíamos la existencia de una importante colonia de armenios durante el siglo XVII hasta su expulsión en 16832. Quede constancia que dentro de esta denominación no solo se englobaba a los que procedían de lo que hoy podría ser la actual Armenia sino a todos los cristianos orientales que residían dentro de las fronteras del imperio turco3.

         En este artículo queremos comentar el anecdótico caso del obispo armenio Jorge Adro Dato, Obispo de la ciudad de Van. Conocíamos este caso por una escueta referencia que sobre su enterramiento dejó Ortiz de Zúñiga en sus Anales de Sevilla. Así al referirse a la iglesia de San Vicente destacó, además de su gran antigüedad, su extensa feligresía y el lustre de sus moradores el enterramiento allí de este personaje. Concretamente escribió lo siguiente:

 

         En el hueco de un altar posee incorrupto sobrenaturalmente el cuerpo de Don Jorge Adeodato, Obispo Armenio, de la ciudad de Ban, que murió en esta ciudad y en esta collación a 19 de noviembre de 1643, y de que la relación que se imprimió: Hízosele (dice) entierro suntuoso (si bien a los honradores siempre les pareció poca su obra) en la insigne Parroquia del ínclito Mártir San Vicente, honra de nuestra España, y gloria suya, a cuyo devoto templo, le hizo llevar el ínclito doctor de las Españas San Isidoro, donde con profunda humildad recibió los Santos Sacramentos, murió y fue enterrado; han celebrado sus exequias las sagradas religiones en novenario. Y antes había dicho que acudieron las mismas a su entierro sin ser llamadas: así honra Dios a sus siervos, y éste en la muerte dejó indicios de haberlo sido grande4.

 

 

         Los datos proporcionados por Ortiz de Zúñiga son muy elocuentes. El obispo vivió en la collación de San Vicente, según parece de forma muy cristiana y edificante. A su muerte fue enterrado con todos los honores en la iglesia de la que era parroquiano. Incluso nos indica que su entierro y honras fúnebres fueron impresos, aunque hasta donde nosotros sabemos el folleto no ha llegado hasta nosotros.

         Pues, bien, en estas líneas tan solo queremos ampliar estos datos con algunas referencias que hemos obtenido a pie de archivo en el parroquial de San Vicente. El documento localizado en el libro de defunción correspondiente a ese año se cita lo siguiente:

 

        En viernes 20 días del mes de noviembre año del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo de 1643 se trajo a enterrar a esta iglesia de San Vicente de Sevilla por los beneficiados y clero de esta dicha iglesia el cuerpo del señor don Jorge Adro Dato obispo de la ciudad de Ban en la provincia de Paris en el reino de Armenia la Menor, que vino robado de su tierra por los turcos y con buenos papeles y de muy buena vida y costumbres y por ellos esta parroquia y buenos parroquianos le enterraron en ella con mucho aplauso y concurso de gente para cuyo efecto se juntó limosna con que se pagó al clero y música. Está puesto su cuerpo con mucha veneración por estar tenido por santo en esta ciudad, en el hueco del altar de la cofradía de las Ánimas del Purgatorio y este entierro se hizo a honra de mayor y lo costearon los beneficiados y clérigos y parroquianos y cofrades de esta iglesia. Dijo la misa de cuerpo presente el reverendo Paulo de Carmona Valderrama, beneficiado y cura de esta iglesia. Paulo de Carmona Valderrama. Andrés Farfán, colector.

 

         El Obispo vivía, después de que fuese liberado de su cautiverio en Constantinopla, en la collación de San Vicente, cuando el jueves 19 de noviembre de 1643 le sobrevino la muerte. El día 20 fue enterrado solemnemente en el altar de la cofradía de Ánimas de la parroquia que se encontraba entonces en el muro de la epístola, junto a la capilla del Bautismo. Sus exequias fueron costeadas por la feligresía, los presbíteros y los cofrades del templo. Y los actos, celebrados de cuerpo presente por el presbítero beneficiado de la parroquia, el reverendo Paulo de Carmona Valderrama, debieron ser muy populosos.

         En el libro de fábrica correspondiente a los años de 1543 a 1549, folio 300, se citaba que se habían gastado 1.292 maravedís en el entierro, incluyendo celebraciones, el coste de la caja de madera y en “traerla y llevar las andas”. Encima de su tumba le colocaron una monumental lápida que todavía se conserva al lado de una de las puertas de acceso al templo.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS


1 DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio: “Armenios en Sevilla”, en Archivo Hispalense, Nº 61-62. Sevilla, 1953. Reproducido en su obra: Sociedad y mentalidad en la Sevilla del Antiguo Régimen. Sevilla, Biblioteca de Temas sevillanos, 1983, pág. 41.

2 Sobre los armenios en Cádiz véase a SANCHO DE SOPRANIS, Hipólito: “Los armenios en Cádiz” en Sefarad, fasc. 22 de 1954. Cit. en MORGADO GARCÍA, Arturo: Una metrópoli esclavista. El Cádiz de la modernidad. Granada, Universidad, 2013, págs.. 96-97.

3 Ibídem.

4 ORTIZ DE ZÚÑIGA, Diego: Anales eclesiásticos y seculares de la Muy Noble y Muy Leal ciudad de Sevilla, T. III. Madrid, Imprenta Real, 1796, pág. 264.

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