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        Desde que en 1503 la Casa de la Contratación se estableciera en Sevilla, ésta se convirtió en “el puerto y la puerta de Indias”. A la sombra del comercio y de la navegación indiana Sevilla se convirtió en la gran metrópolis del sur, en la ciudad más poblada y rica de España. No tardaron en instalarse importantes colonias de extranjeros: genoveses, venecianos, flamencos, alemanes y portugueses, entre otros, buscando la rentabilidad y los negocios del mundo indiano.

         Sin embargo, siempre se destacan las luces de la Sevilla imperial, pero rara vez se narran sus miserias. Junto a esos burgueses y nobles que se enriquecieron, proliferó también un extenso mundo del hampa y la miseria. La Sevilla del quinientos no solo atraía a comerciantes europeos, obispos armenios, sultanes magrebíes y nobles amerindios sino también a todo tipo de pícaros, rufianes, vagos, mendigos y prostitutas que buscaban también una forma de ganarse la vida.

         Había una pobreza vergonzante, casi sorda porque apenas se veía. Miles de pobres que padecían miseria y hambre y por cuestiones sociales apenas se dejaban oír. Entre ellos, hay que incluir a las profesas de algunos de los muchos conventos que vivían de la caridad y en cuyas clausuras se practicaban con frecuencia dietas forzadas. Las desesperadas peticiones de las abadesas al concejo para que les concediesen del pósito algunas fanegas de trigo para comer son una constante en la Sevilla Moderna. Cuando llegaban las crisis cerealísticas lo pasaban mal hasta los pudientes, mientras que los pobres quedaban en un total desamparo. Según Ortiz de Zúñiga en 1552 se vivió en la ciudad tal carestía de alimentos que más de quinientos mendigos murieron en sus calles de inanición y de enfermedades.

         Pero junto a esta pobreza vergonzante estaba el extenso mundo del hampa -mendigos, vividores, pícaros, pedigüeños y delincuentes que llegaban a Sevilla desde todos los puntos de España en busca de oportunidades. Cientos de truhanes merodeaban por las Gradas, la Casa de la Contratación, el Arenal, las mancebías y las puertas de las iglesias en busca de alguien a quien convencer o extorsionar para que les ofreciese algunas monedas.

         También la prostitución adquirió una extraordinaria magnitud en la Sevilla Imperial. Muchas mujeres trabajaban en las mancebías públicas mientras que otras ejercían la prostitución callejera. El concejo regulaba y permitía los prostíbulos, al tiempo que perseguía su práctica en los espacios públicos. Y ello por dos motivos: primero, para evitar escándalos públicos y, segundo, para tratar de controlar la transmisión de enfermedades ya que en las mancebías se les hacía a las mujeres exámenes médicos periódicos. Para ejercer en la mancebía las aspirantes debían cumplir una serie de requisitos: tener doce años cumplidos, ser huérfana o abandonada, haber perdido la virginidad y estar sana. Muchas de las que no cumplían los requisitos o estaban enfermas salían a vender su cuerpo directamente a las principales calles, como la Cestería, la Carretería, o el barrio de Triana. Por eso no tiene nada de extraño que la grandeza de Sevilla corra paralela a la dramática difusión de la sífilis, que avanzada la centuria adquirió tintes de epidemia.

         Fruto de la caridad de algunos, a comienzos del siglo XVI, se fundó en Sevilla el Convento de Nombre de Jesús y casa de la Aprobación que acogía a prostitutas arrepentidas. Sin embargo, dado que vivían de la caridad sus profesas padecían unas estrecheces tales que era todo un disuasorio para las aspirantes. Incluso algunas decidieron colgar los hábitos y volver a ejercitar la profesión más antigua del mundo, menos decorosa pero más lucrativa. Casos muy paradójicos de estas mujeres que pasaban de la calle al cenobio y viceversa.

         Evidentemente, dentro del mundo de la prostitución las remuneraciones eran muy diferentes. Una mujer joven, atractiva y sana podía sacar cuatro o cinco ducados diarios -1.875 maravedís-, es decir, una verdadera fortuna, mientras que una mujer más mayor, menos agraciada o ambas cosas a la vez apenas sacaba tres o cuatro maravedís. Miguel de Cervantes en “El rufián viudo”, menciona a la Pericona, una prostituta de 56 años, desdentada, con el pelo cano y con sífilis, que se ataviaba con dentadura, gruesos afeites y tintes, pareciendo que tenía 30 años. Una mujer con oficio que llevaba ejerciendo la prostitución décadas y que sabía cómo ganarse la vida. La evolución de la prostitución en Sevilla adquirió tal magnitud que en 1601 se estimaba que había unas 3.000, algunas ejerciendo en las mancebías pero la mayoría en la calle.

Este mundo del hampa también forma parte de la historia de la Sevilla del Quinientos. Una gran ciudad con sus luces y con sus sombras. Grandes fortunas junto a grandes miserias; unos pocos afortunados y una mayoría de personas con cortísimos recursos, además de una extensa gama de expósitos, mendigos, vividores, prostitutas. Nuevamente, me sorprenden dos cosas: una, la tragedia que se masca detrás de la apariencia de grandeza de la Sevilla Imperial. A fin de cuentas, lo mismo los pobres de solemnidad que las prostitutas no eran más que víctimas del sistema y de la forma de vida de la época. Y otra, las similitudes con muchas de las situaciones que todavía se viven en pleno siglo XXI. Es lamentable lo poco que hemos evolucionado éticamente los seres humanos.

 

PARA SABER MÁS

 

CARMONA GARCÍA, Juan Ignacio: “El extenso mundo de la pobreza: la otra cara de la Sevilla Imperial”. Sevilla, Universidad, 1993.

 

MORALES PADRÓN, Francisco: “La Sevilla del Quinientos”. Sevilla, Universidad, 1977.

 

PIKE, Ruth: “Aristócratas y comerciantes. La sociedad sevillana en el siglo XVI”. Barcelona, Ariel, 1978.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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