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          Históricamente hubo en Carmona tres alcázares, a saber: el del rey don Pedro I –también conocido como de Arriba, Real o de la puerta de Marchena-, el de la Puerta de Sevilla o de Abajo y el de la Reina o de la Puerta de Córdoba. Este último fue mandado demoler por Isabel de Castilla en octubre de 1478, a petición del regimiento de la entonces villa de Carmona, desapareciendo para siempre. De los otros dos alcázares, es decir, el de Arriba y el de Abajo, solo han llegado a nuestros días algunos restos.

El alcázar de Pedro I, situado en el lugar más elevado de la localidad, justo al borde del alcor, fue el más suntuoso de los tres, mandado construir por Ibrahim B. Hayyay en el siglo X y sirviendo de residencia oficial al rey taifa de Carmona. En el siglo XIV fue ennoblecido por el rey Pedro I, quien mandó traer a Carmona a algunos de los alarifes y arquitectos que por aquel entonces laboraban en su alcázar de Sevilla. Los Reyes Católicos, en el siglo XV, terminaron de embellecerlo, ordenando la creación de una serie icónica de los reyes peninsulares. Asimismo, sufragaron la construcción de una singular avanzadilla defensiva en la zona noroeste, conocida como el cubete, obra del afamado ingeniero militar Francisco Ramírez de Madrid. Éste se comunicaba con el recinto amurallado a través de una escalera de espiral y su objetivo era la defensa del alcázar de posibles ataques internos de la villa, protagonizados por el alcaide del alcázar de Abajo.

Nada hacía sospechar entonces que esta majestuosa fortaleza, que alcanzó su esplendor en los siglos XIV y XV, iba a entrar en una triste agonía a partir de 1504. Dos hechos fatales se congraciaron en este año, a saber: la devastación que provocó el terremoto de Carmona de 1504, de la que nunca se llegó a recuperar totalmente, y la muerte de Isabel la Católica, la última soberana que veló por su conservación, e incluso, por su engrandecimiento. Frente a lo que se ha afirmado tradicionalmente, no fue el terremoto de Lisboa de 1755 el que lo arruinó, pues ya estaba abandonado a su suerte a mediados del siglo XVII.

Aunque conserva algunas cimentaciones y materiales de acarreo romanos, lo esencial de la construcción es plenamente medieval. Esta fortaleza inexpugnable fue construida en época almohade y, posteriormente, restaurada y engrandecida por Pedro I, quien pasó algunas temporadas en él, junto a su familia. Al parecer, construyó dentro de sus murallas un palacio que era réplica del que poseía en el alcázar de Sevilla.

           Teníamos algunas descripciones recogidas por la historiografía local, que empiezan en el siglo XVII con la obra del padre Arellano, quien describió los tres alcázares, aunque haciendo un especial hincapié en el de Arriba, así como en el cinturón amurallado que defendía la ciudad, reforzado con 118 torres. Más detalles nos proporcionaron tanto el Curioso Carmonense, en su manuscrito de finales del siglo XVIII, como Manuel Fernández López en su clásica obra decimonónica sobre la ciudad de Carmona. Gracias a dichas descripciones y a las actuales ruinas sabemos que disponía de foso, doble muralla, un patio de armas, nueve torres -entre las internas y las externas- así como dos puertas de acceso. Además, había en su interior cuatro tahonas o molinos de trigo, aljibes, noria, salones con bóvedas de ladrillo, tres patios, incluido el de armas, etcétera.

           Pues, bien, en este trabajo ofrecemos algunas informaciones adicionales. procedentes de un extenso informe, gestionado en 1592 sobre la situación del recinto. Por una Real Cédula, fechada el 24 de febrero de 1592, se solicitó al corregidor de Carmona un informe detallado sobre la situación del alcázar, de su alcaide y de los recursos que tenía para su mantenimiento. Dicha petición generó un expediente que es el que analizaremos en las páginas que vienen a continuación.

En el citado manuscrito se afirma que su fábrica era toda de sillería de piedra tosca. Al parecer, la mayor parte de los suelos, incluida la galería que llamaban de los Reyes, estaban terraplenados, es decir, estaban formados por tierra prensada. De la visita de los alarifes al edificio se entrevén algunos datos de interés. Dicen que primero visitaron la puerta de la torre del Homenaje, que es la puerta que dicen de la Piedad. Ya Fernández López, a finales del siglo XIX, citando a López de la Barrera, afirmó que esta puerta se conocía así desde la Reconquista. Asimismo, visitaron la habitación donde se ubicaban las tahonas. Fernández López las intentó buscar en diversas excavaciones que practicó en el último tercio del siglo XIX, pero nunca las localizó. Seguidamente accedieron a dos bodegas, una más grande que la otra, al aljibe, al palomar, a las caballerizas, a un pajar, a la carnicería, a la noria y a dos graneros de trigo, uno junto al pajar y el otro encima de las caballerizas. Tal como se accedía a la plaza de armas, a mano derecha, se encontraba una habitación que, según afirman, tenía bóveda de aristas y el suelo igualmente terraplenado.

Como ya hemos dicho, la parte más vistosa del alcázar era la llamada Sala de los Reyes, que tenía un entresuelo y había una gran habitación alta y otra baja. Se trataba de una extensa galería de 43 metros de largo por 9 de ancho, con ventanas orientadas a la Vega, que se encontraba, ya a mediados del XVI, en mal estado de conservación, pues el agua se calaba a la habitación alta y de ahí caía a la baja. Lo más significativo de este Salón era una serie de pinturas al fresco que enlucían sus muros internos con los retratos de los soberanos de Castilla y de León hasta los Reyes Católicos. Al parecer, se realizaron por encargo de estos últimos y, desde entonces, dicha habitación recibió el nombre de Salón de los Reyes. Era frecuente que en los alcázares Reales hubiese estas series de retratos, como los había en el alcázar de Sevilla, concretamente en el Salón de Embajadores, donde aparecen los reyes e España desde Recesvinto a Felipe III. En particular, la serie de Carmona tiene el interés de que es una de las más antiguas que se conocen. Todos los soberanos aparecían sentados, al estilo antiguo, con sus atributos reales. Junto a ellos había un solo personaje que no pertenecía a la realeza, el Cid Campeador que, para diferenciarlo de los reyes, aparecía de pie.

Dadas las humedades de la sala, a mediados del siglo XVI las pinturas se encontraban ya en mal estado, a pesar de que tenían menos de un siglo de antigüedad. De hecho, los pintores que las visitaron en 1558 dijeron lo siguiente:

Otrosí, por cuanto en la sala de los Reyes mucha de la pintura de ella está caída y quitada y es pieza principal y conviene que esté adornada y bien aderezada y porque ésta es obra que debe ser apreciada por pintores para que si Su Majestad lo quisiere mandar pintar, como solía estar. Hizo parecer ante sí a Cristóbal de Cueto y a Diego de Moreda, pintores de esta villa, de los cuales recibió juramento en forma de derecho, so cargo del cual les mandó viesen la dicha pintura y declaren lo que será menester para pintarla y reformarla como solía estar. Los cuales dichos pintores prometieron de lo así cumplir y luego vieron la dicha pintura de la sala de los Reyes y, habiéndola visto y mirado y tanteado, dijeron que les parece en Dios y en sus conciencias será menester dos mil ducados para pintar la dicha sala y reformar todo lo que conviene y que esto era así y la verdad y su parecer por el juramento que hicieron y firmáronlo de sus nombres Cristóbal de Cueto y Diego de Moreda.

 

           Debieron ser finalmente restauradas, pues, pocos años después, causaron la admiración de Felipe II, quien ordenó copiarlas en Segovia y en el castillo de Simancas. Un siglo después, las pinturas volvían a presentar un estado lamentable. De hecho, el 28 de septiembre de 1655 las visitó el célebre anticuario Martín Vázquez Siruela y declaró que la mayor parte de ellas estaban descostradas y algunas incluso totalmente perdidas. Esta vez el deterioro fue irreparable, pues nunca se llegaron a restaurar.

Como ya hemos dicho, había otra sala idéntica en la parte inferior, que medía exactamente lo mismo, 43 metros de largo por 9 de ancho. Ésta era conocida como la sala o la pieza de las Infantas, y nos consta que también tenía sus muros decorados con pinturas. Nada se nos especifica de su serie icónica, pero, a juzgar por el nombre de la habitación, no podemos descartar que contuviese los retratos al fresco de las infantas y de las reinas de España.

           Las torres eran muchas y todas ellas tenían su nombre. La torre más importante del recinto, la del homenaje, se le denominaba popularmente como la torre del Agua. De ella se decía, asimismo, que era grande y muy necesaria. Otra torre, ubicada en la esquina oriental, la llamaban popularmente como la torre de la Banda, mientras que la que caía encima de la carnicería se conocía con el nombre popular de torre de la Longaniza.

           ¿Cuándo y por qué se dejó arruinar el alcázar de Arriba? En las líneas que vienen a continuación intentaremos dar respuesta a esta pregunta. Tras el terremoto de 1504 el edificio quedó maltrecho, no obstante, los alcaides continuaron residiendo en él. Ya en 1572, don Fadrique Enríquez informó sobre su lamentable situación que, a su juicio, amenazaba ruina. Estimaba importante su reparación porque, según decía, los dichos alcázares son la defensa y guarda principal así de esta villa de Carmona como de toda esta Andalucía por ser una fuerza tan principal como es. El informe de los alarifes Cristóbal Gutiérrez, Antón Gutiérrez Navarrete y Pedro Hernández fue absolutamente desalentador. Estimaron el valor total de los arreglos entre 15.000 y 16.000 ducados, o a lo sumo para lo más básico, cuanto menos 4.000 ducados. Nadie se quiso hacer cargo de los gastos. Don Fadrique personalmente gastó algún dinero de su bolsillo y algunos tenientes también. Dice el expediente que el teniente Cristóbal de Bordás Hinestrosa gastó más de 3.000 reales en reparar su vivienda.

Pese a estas pequeñas inversiones, la situación se fue deteriorando con el paso de los años de forma que nuevamente, en 1592, se recibieron quejas sobre la situación ruinosa del alcázar. Tras llegar a oídos de Felipe II, éste volvió a escribir a su corregidor para que informase detalladamente al respecto. El corregidor Esteban Núñez obedeció la cédula y la besó y puso sobre su cabeza. Pero de nada servían los informes si nadie se hacía cargo de los gastos. El maderaje estaba podrido, los techos se llovían, la escasa artillería que había estaba prácticamente inservible, siendo la situación general absolutamente crítica.

¿A quién correspondía el reparo?, estaba claro que a la Corona. Basta leer el documento de cesión de la alcaidía para darse cuenta de que solo se enajenó el cargo, en ningún caso el edificio. Una de las cláusulas del mismo es totalmente clarificadora:

Ítem, que en cuanto toca a lo de los reparos y edificios y municiones y artillería de los dichos alcázares ha de ser como al presente es a costa de Su Majestad y de sus rentas que para este efecto y reparo se están señaladas y diputadas en la dicha villa de Carmona, pues, los dichos alcázares y edificios de ellos han de quedar como ahora lo son por propios de Su Majestad y vos el dicho don Fadrique y todos los que lo poseyeren y tuvieren por virtud de esta carta de venta y conforme a ella para siempre jamás han de obedecer y cumplir en la guarda y tenencia de los dichos alcázares y puertas con los reyes de estos reinos y sus gobernadores de ellos todo aquello que los alcaides de las fortalezas de estos reinos son obligados a hacer y cumplir conforme a las leyes de ellos…

 

El problema era que la Corona nunca tuvo la voluntad de salvar una fortaleza que ya no tenía la importancia estratégica de antaño. Todas las fortalezas de la Corona tenían unas rentas asignadas para sus reparos. ¿Qué rentas tenían asignados los alcázares de Carmona?, pues, la renta del diezmo de cal y barro de la propia localidad. Esta renta la arrendaban los alcaides y pagaban en tiempos de don Fadrique entre 30.000 y 60.000 maravedís anuales. La renta era bajísima, ínfima, teniendo en cuenta que con ella había que mantener los dos alcázares de la localidad. Por poner un ejemplo comparativo, por aquel entonces las rentas asignadas al alcázar de Sevilla se cifraban en unos 12.000 ducados, es decir, casi 4,5 millones de maravedís. Es decir, las rentas de que disponían los alcázares de Carmona suponían aproximadamente el uno por ciento de las que disfrutaban los de Sevilla. Para colmo, los barreros y los caleros interpusieron un pleito, que apelaron hasta la audiencia de Granada para no pagar dicha renta. En 1592 se decía que llevaban diez años sin abonarlas, esperando la resolución judicial.

En definitiva, el problema era que los alcázares de Carmona no tenían rentas suficientes. La Corona que en cualquier caso se debía hacer cargo de los reparos lo obvió reiteradamente porque durante siglos sus arcas estuvieron poco saneadas. El resultado de todo ello es bien conocido. Parece ser que, pese a su desastrosa situación, los tenientes de alcaide, puestos por los Enríquez, residieron en el alcázar de Arriba hasta 1649. En ese momento se desató una epidemia en Carmona y los contagiados así como los muertos fueron trasladados allí. Un documento de 1690 indicaba que en su patio de armas se hizo un osario y que desde 1650 se vieron fantasmas y con el horror se hizo inhabitable y fue motivo de no haber quedado puerta ni madera. En realidad, no debieron ser los fantasmas sino su ruinosa situación lo que llevó a su abandono definitivo. En 1590 los carmelitas pidieron autorización para sacar piedra de él con destino al nuevo monasterio que estaban construyendo. La respuesta, aunque negativa, nos da una idea de la situación en la que se encontraba ya por aquel entonces el viejo alcázar:

Ha quedado la fachada, que ni aun el tiempo parece capaz de deshacerla por estar sobre peña viva y tener nueve varas de ancho las paredes, algunas portadas, la plaza de armas que es de veinticuatro varas de alto y 15 de cuadro y es labrada de sillería y dos castillos todo macizo, algunos salones cuyo material no puede servir por ser argamasón y una fortaleza de sillería a la boca del foso que es de piedra viva para limpiar las murallas de singular estimación y fábrica. De las bóvedas se pudiera aprovechar algún ladrillo pero con gran costa y dificultad… Material caído no hay ninguno que pueda aprovechar si no es el ladrillo de las bóvedas y la sillería de la plaza de armas, castillo y fortaleza.

 

Queda claro que la ruina del edificio no se produjo tras el terremoto de 1755 como en alguna ocasión se ha dicho. Es cierto que fue desde esta fecha cuando se reconoció oficialmente, convirtiéndose desde entonces en una verdadera cantera de piedra para diversas construcciones de la ciudad. Finalmente, en 1884, la Comisión Nacional de Monumentos decidió proteger lo poco que quedaba del alcázar, comisionando para ello al erudito local Juan Fernández López. El resto de la historia es bien conocida; en los años sesenta se cedió el alcázar al Estado para la construcción de un Parador Nacional de Turismo. Y finalmente, en el año 2008 se ha conseguido la donación por parte del Estado de la parte no ocupada por el Parador, con el objetivo de preparar la zona para hacer visitas guiadas a los restos de tan señero y antaño majestuoso alcázar de Pedro I.

 

PARA SABER MÁS

 

 

-ALMAGRO, Antonio: “Los palacios de Pedro I. La arquitectura al servicio del poder”, Anales de Historia del Arte, vol. 23. Madrid, 2013.

 

-ANGLADA CURADO, Rocío y Ventura GALERA NAVARRO: “El alcázar de Arriba de Carmona”, en Castillos de España Nº 125, 2002.

 

-FERNÁNDEZ LÓPEZ, Manuel: Historia de la ciudad de Carmona, desde los tiempos más remotos hasta el reinado de Carlos I. Sevilla, 1886, (reed. en 1996).

 

-MIRA CABALLOS, Esteban: “Alcázares y alcaides en la Carmona Moderna: noticias inéditas·”, Revista de Historia Militar Nº 105. Madrid, 2009.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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